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martes, 23 de septiembre de 2008

Quichuas, una mirada

Comunidad Quichua Unión-Muyuna

Misahualli, Abril 2008. Tiene la piel morena y un pelo lacio, largo y negro que usa atado. Se mueve en absoluto silencio y con movimientos rápidos, se nota que sabe la demostración de memoria.

Se llama Gloria, pero lo dice tan bajo que tiene que repetirlo dos veces. Es una de las mujeres que habitan la comunidad indígena Unión-Muyuna, sobre el Río Napo, en la amazonía ecuatoriana. Gloria, al igual que el resto de las familias de esta comunidad –unas 60- es Quichua, una de las tribus más numerosas de la zona.

Llegamos hasta aquí como última parada de nuestro recorrido por la selva ecuatoriana para dar un vistazo a sus costumbres y ver preparar la “chicha” a base de yuca o mandioca molida y fermentada, principal fuente de alimentación de los indígenas de la región.

Son cerca de las tres de la tarde y el sol pega fuerte en este claro que se abre en el medio de la selva. Nadie nos recibe. El guía que nos acompaña -un Chamán, cuya edad es imposible de adivinar- saluda afectuosamente a unos adolescentes que charlan en el ingreso al lugar, nos presenta y hace un enorme silencio, esperando –supongo- algún tipo de intercambio “cultural”, que no se produce.

Ellos solo nos miran y nosotros después de saludar amablemente no sabemos que decir. Sonreímos mudos. Es uno de esos momentos donde uno teme decir una terrible taradez, entonces mejor quedarse callado.

El contingente de visitantes de hoy somos solo Christian, Olivia y yo y eso tal vez los desilusione porque no están vestidos para la ocasión con su típico traje, como los vi en los folletos del hotel. ¡Y cuanto me alegro por eso! Tener la oportunidad de estar un rato acá es genial, pero si no hay show montado. Y parece no haberlo, al menos por ahora.

Gloria nos espera en una especie de quincho gigante con paredes hechas de cañas sin piso ni comodidades. Ella es la encargada de preparar la chicha para nosotros. El guía explica, ella no dice palabra.

La chicha es básicamente mandioca molida y cocida que cuando todavía no fermentó tiene el aspecto de un yogurt. Según la tradición debe ser preparada solo por mujeres que escupen (si, escupen) la preparación varias veces y luego la dejan reposar. Con el paso de los días las bacterias de la saliva se fermentan y tornan la chicha en una bebida alcohólica.



La chicha sabe diferente según cada mujer y –lejos de lo que podría pensarse- el mayor problema viene del agua del río sin filtrar que se usa para la preparación y no de la saliva de la cocinera.

Beben hasta seis litros de chicha por día y por épocas es el único alimento al que pueden acceder. Está claro que eso no es tradición, eso es extrema pobreza.

La población Quichua de la zona es de aproximadamente cuarenta mil habitantes. Se alimentan de lo que cazan y lo que pescan, y parte de sus ingresos provienen de la venta de artesanías o de un subsidio de treinta dólares que el gobierno otorga a las mujeres jefas de familia numerosa. Con cinco hijos, Gloria es una de ellas.

Pagan la educación de los hijos gracias a la venta del oro que sacan de las costas del Napo. Saben que es una buena época, que el oro aumentó y se los suele ver trabajando con fervor en la orilla del río.

Lavado de oro. Las pepitas brillan en el fondo del recipiente.

Olivia se aburre de la demostración, se para, y me señala –entre las cañas- algo que se mueve en el pastizal que rodea el quincho, es una gallina. Pronto aparecen algunas más. Las sigo con la mirada y aprovecho el momento para espiar más allá.

Algunas casas tienen el techo de paja y otras de chapa, pero todas están elevadas, y me hace acordar a esas típicas casas del Tigre. Están distribuidas alrededor de un gran campo central, donde funcionan una cancha de voley, el quincho donde estamos ahora -que también se usa para los eventos de la comunidad- y una escuela de un solo aula. Ignoro si será por el calor, la hora del día o la época del año pero no veo a nadie.
Más tarde el guía me contará que cada comunidad tiene su escuela, que las clases se dictan en español y en Quichua o alguna otra lengua ancestral porque así lo dispone la Constitución del país: el Estado debe respetar y estimular la conservación y el uso del idioma indígena.

La deserción escolar es muy alta, el 30% de los alumnos no termina el sexto grado y solo 15% completa el nivel secundario. Entre otros motivos, me entero después, esto se debe a que los chicos encuentran que la educación pública disponible en sus comunidades es irrelevante y poco práctica para su vida de todos los días.

Al igual que en el resto de la amazonía la vida en estas comunidades es una combinación de modernidad y tradiciones centenarias. Usan televisión, radio y heladera pero todavía recurren al poder del chamanismo para tratar sus problemas de salud.

La chicha esta lista y gloria se me acerca. Puedo imaginarme lo que vendrá y no me animo a inventar una excusa para evitar probarla. No quiero despreciarla, tampoco quiero enfermarme.

Por suerte la vasija de barro es lo suficientemente grande como para esconder mi cara cuando me la llevo a la boca para hacer de cuenta que tomo. Parece una leche turbia y tiene aroma a coco, pero igual decido que no. Hago que trago y se la devuelvo con una mirada esquiva. No quiero que se de cuenta de que no la probé, aunque seguramente ya lo hizo. Le toca el turno a Christian y la escena se repite.

Fotos, aplausos, agradecimientos, saludos y despedida. Para cuando salimos del quincho, se corrió la bola y algunos chicos merodean la cancha de voley y nos miran de reojo. Hacen que juegan, murmuran entre ellos y se ríen. Todos están descalzos.

Para entrar o salir de la comunidad el paso obligado es el “Centro Artesanal Malta Kawsay”, una modesta choza con todo tipo de pulseras, collares y objetas hechas con productos naturales de la zona. Como salimos sin plata (porque la excursión fue por la selva “virgen”) solo podemos llevarnos un rallador de dos dólares hecho con un tronco de árbol típico del lugar.

De vuelta en la canoa y de regreso al hotel, la duda del sabor de la chicha me asedia. Olivia duerme y el guía esta canta. Christian no para de sacar fotos. Me acerco sigilosamente sobre su hombro. “Che, ¿vos probaste la chicha?”.

lunes, 25 de agosto de 2008

Viaje al corazón de la selva


Misahualli, Abril 2008. Llegamos al mediodía. Nos habían hablado tan mal del estado de las rutas que calculamos mucho más tiempo del realmente necesario, pero queríamos evitar que el atardecer nos agarrara en el camino.

Nos hospedamos sobre el río Misahualli a pocos kilómetros de la villa que lleva el mismo nombre, en la provincia del Napo, en el Oriente ecuatoriano. El Napo es un extenso río que nace en Ecuador, atraviesa Perú y muere en el Río Amazonas, después de seis días de navegación.

Aquí comienza la selva Amazónica y uno pude darse cuenta como va cambiando la geografía, a medida que el camino baja desde Quito para adentrarse en Baeza, la primera ciudad importante de la selva.

El aire se pone denso, húmedo y caluroso. La vegetación se vuelve exuberante, y todos los matices posibles del verde se hacen presentes. Por tramos llueve.

Internarse en la Amazonia ecuatoriana, la principal atracción turística después de las Islas Galápagos, es un poco detenerse en el tiempo. La electricidad es escasa, las comunicaciones dificultosas, el agua no es potable, las comodidades son básicas o extremadamente lujosas en el caso de los grandes resorts. Los hospedajes de medio rango no existen. Pero aquí lo único que importa es el paisaje.

Un guía nos lleva a recorrer el lugar y ahí aprendemos la lección básica: “No se alejen del sendero marcado (nada mas fácil que perderse en la selva), no se apoyen en los árboles (muchos son venenosos), cuidado donde pisan”. Genial. Y nosotros con una nena de dos años.

Olivia viaja en los hombros de Christian y no quiere bajar al piso porque un mono araña la sigue.

Entre las plantas que abundan en la zona se destaca el cacao y el guía nos invita a probarlo. Me sorprendo al sentir que sabe más a cítrico que a chocolate, y según él eso ocurre porque esta recién cortado de la planta y la semilla no fue aún secada al sol.

“¿Ustedes son de Argentina?”, me pregunta y mientras asiento con la cabeza espero que haga una clásica referencia deportiva a Maradona o algo por el estilo. Sin embargo, su curiosidad esta dirigida a otro rubro: ¿Allí separan las estaciones por fechas, verdad? y continúa ¿ustedes saben exactamente cuando empieza el invierno, el verano y las otras estaciones, no? Porque aquí todo el año es igual que hoy. La pregunta me produce tanta ternura que soy incapaz de reírme.

Casi terminaba el recorrido cuando nos deja una advertencia más: “Cuidado con la conga”, dice señalando una hormiga negra de 3 o 4 centímetros de largo, que cuando pica produce un dolor muy fuerte y fiebre alta, que puede durar hasta 24 horas. Se dice que es el dolor no mortal más intenso que se puede experimentar.

Volvimos a la cabaña y cambiamos las camas de lugar varias veces hasta que las tres estuvieran pegadas y lejos de las ventanas. Yo elegí la del medio, me tapé como si estuviera en el polo y espere toda la noche a que amaneciera pronto.

El segundo día empieza temprano y luego de un desayuno breve nos vamos a remontar el río Napo en una canoa techada, un invento local y turístico, supongo. Llueve por momentos, hace calor, la humedad asfixia y todavía no son las nueve de la mañana.

El Napo es ancho, rápido y con aguas color chocolate. En la mayor parte de su costa habitan comunidades indígenas, en su mayoría quichuas, que sobreviven en la extrema pobreza. Viven de la pesca, del cultivo de yuca (mandioca), y de un subsidio de 30 dólares mensuales que les da el gobierno del Ecuador a las mujeres jefas de familia numerosa. El turismo hace su aporte visitando las comunidades y comprando artesanías.

Durante la navegación se los puede ver lavando oro, como se le llama a la técnica de filtrar la arcilla que se asienta en la costa del río luego de la creciente en busca de pepitas de oro, algo así como buscar brillantina en la tierra. En las buenas épocas, tras todo un día de trabajo, llegan a sacar hasta dos gramos de oro por día y con eso financian la educación de sus hijos.

La canoa –a motor- aminora la marcha y se acerca a una de las orillas, entonces la densa mata verde que se ve desde el medio del río empieza a tomar forma y matices. Se distinguen, árboles más y menos densos, lianas, arbustos, aparecen algunos colores y enseguida resaltan unas flores blancas que parecen colgar del cielo, son orquídeas salvajes.

El guía que nos acompaña es Chamán como la mayoría de los guías de la zona, aunque muchos solo estén vestidos para la ocasión. Habla lo justo, pausado, y en tono bajito. Contesta amablemente cada una de nuestras preguntas pero no revela los secretos del chamanismo como yo quiero. Me dice que espere que ya voy a saber, pero nunca me cuenta.


Nos mira cuando Olivia protesta y nos pone a prueba: “la niña se impacienta, ¿volvemos?”. Que gracioso! Estamos en el medio de la selva virgen, fascinante, aplastante, rodeados de árboles milenarios de todo tipo, color y tamaño, plantas que nacen en los tallos de otras plantas, plantas que se abrazan, se enroscan, se ahogan unas a otras, la selva es también caótica.

Estamos rodeados de mosquitos que te pican a pesar del repelente, de hojas que te pegan en la cara, y llenos de barro, pero la energía brota desde todos lados y seguimos.

Desde adentro, no se ve el cielo. A decenas de metros de altura, las copas de los árboles hacen de techo. Por momentos escuchamos llover, pero el agua no llega a mojarnos ahí abajo. Los animales no se ven, pero se escuchan, principalmente monos y tucanes. Cuando se oye un sonido es bueno detenerse y prestar atención porque pronto otros animales responderán y se produce como un concierto breve.

El Chamán nos va señalando las plantas toxicas y las comestibles, todo tiene un uso y un fin en la selva. La farmacia del mundo entero esta ahí.

“Hormiguitas de limón, prueben”, me dice acercándome una hojita verde con un pequeño bulbito en la punta. Al apretarlo salen un montón de hormiguitas mínimas que se chupan desde el dedo y efectivamente saben a limón.

Cuando me di cuenta de lo que había hecho inmediatamente me di vuelta para advertirle a Olivia que no se le ocurriera…pero es tarde y se está masticando una hoja cualquiera que yo le había dado un rato antes.

Caminamos más de dos horas y volvimos al punto de partida para el almuerzo en un refugio improvisado para la ocasión. Una cazuela de arroz con algo, imposible de saber, exquisita no sé si por la mano de la cocinera o porque el estado salvaje característico del campamento termina inevitablemente adueñándose de uno y todo –hasta la humedad- parece exquisita.

viernes, 8 de agosto de 2008

Descanso y relax cerca de las nubes


Termas de Papallacta, Abril 2008. Tenemos el mapa, la indicación de cómo llegar, la camioneta cargada, salimos de Quito temprano en dirección al este. Esta es la parte del viaje que no tenemos planificada, se nos ocurrió de golpe y allá vamos. El lugar elegido: las termas de Papallacta, un complejo natural de aguas medicinales emplazado en el medio de la montaña a 3300 metros de altura.

Termas de Papallacta es la puerta de entrada a la amazonía ecuatoriana (nuestro destino final) y según leí después es también uno de los secretos mejor guardados del Ecuador. Es lunes y es otoño, temporada alta para un complejo termal que ofrece piletas de 30 y 40 grados de temperatura, y a juzgar por la cantidad de gente yo diría que el secreto está guardadísimo.

El complejo tiene todas las comodidades y detalles de un resort cinco estrellas. La recepción, el restaurante, los salones de entretenimiento y las habitaciones más lujosas están en el edificio principal al ingreso del complejo. Un poco más alejado se encuentra el spa, cruzando el arroyo las cabañas y detrás –a cielo abierto- las cinco piletas.

Todo el complejo está rodeado por el marco de las montañas. Las piletas, que tienen varios desniveles y diferentes temperaturas, están decoradas con grandes piedras que sirven de solarium natural para los huéspedes, que achicharrados de su largo paso por el agua necesitan aire fresco –hace menos de 10 grados fuera del agua- y sol. Es la clásica imagen de una reserva natural de elefantes marinos echados, y yo encabezo la manada.

Las probamos todas: calientes, tibias, con burbujas, con azufre y otros componentes minerales. Elegimos una con vista privilegiada y ahí nos quedamos. Se oye el agua que corre por el arroyo que atraviesa el lugar y sirve de oasis para darse un chapuzón helado, después de cocinarse un rato a fuego lento.

Es media tarde y tenemos turno tomado para masajes. Lo veo a Christian alejarse enfundado en bata y campera camino al spa mientras y yo me quedo con Olivia, a quien trato de convencer de jugar a quedarnos quietitas con el agua hasta el cuello, los ojos cerraditos y en silencio. Pero no lo logro, y entonces acepto llevarla a nadar por toda la pileta con tal de no salir del agua.

Una hora después estamos las dos listas en la puerta del spa para el recambio. Adentro esta calentito, hay música instrumental suave y un aroma rico que invitan a la relajación.

Me recuesto un instante en la sala de descanso (fundamental paso entre el masaje y la vuelta a la realidad) y pienso en atrincherarme ahí con mi jugo de mora, para siempre. Pienso en una excusa para ganarme la vida sin salir. Me doy cuenta que la recepcionista tiene acento alemán e imagino que es una ex clienta que tras su masaje y su jugo de mora no pudo volver nunca más a su Europa natal, y con tal de quedarse ahora atiende el teléfono. Cambio de idea, me pongo bata, campera y gorro y voy en busca del resto de la familia.

Oscurece temprano y la temperatura se acerca a cero. El rocío forma una bruma que baja lento y se fusiona con el vapor que emanan las piletas. Caminamos en el medio de la nube.

Como cada cabaña tiene su propia pileta termal al aire libre, no aguanto la tentación de volverme a meter al agua, ahora ya de noche. El agua acaricia, el vapor envuelve. Nos quedan solo 4 días de vacaciones, pero Buenos Aires todavía está lejos.

viernes, 18 de julio de 2008

Quito, dos días

Monasterio de San Francisco, abierto en 1604, es la iglesia más antigua de Ecuador

QUITO, Abril 2008. Galápagos quedó atrás y ahora la ruta nos conduce hacia Quito. Viajamos de tarde, pero aún así el mal –malísimo- estado de los caminos nos obliga a cambiar el plan. Y eso no nos gusta, pero no tenemos opción si queremos ver la capital de Ecuador antes de internarnos en el comienzo del Amazonas.

Dejamos el auto en Manta, una ciudad portuaria ubicada al norte del país sobre la costa del Pacifico, donde no encontramos nada para ver y seguimos en avión a Quito. La altura, 2850 metros sobre el nivel del mar, se hace sentir enseguida al bajar del avión, combinada con un calor y una humedad, que hacen el aire pesado, denso.

Para peor el hotel nos asigna una habitación en el piso doce! ¿Tenemos que seguir subiendo?, le pregunto a la recepcionista sin ninguna ironía. Pero a ella le parece gracioso el chiste y nos recomienda dormir una siesta para darle tiempo al cerebro a que se acostumbre a la falta de oxígeno.

No sé por qué pero cuando yo imaginaba Quito, lo imaginaba como una ciudad colonial pequeña, toda pintada de blanco, perdida en el medio de la montaña con sus cholas emponchadas en el atuendo típico y sus hijos cargados en la espalda.

Algunas hay. Pero además hay otro millón y medio de habitantes en una ciudad moderna rodeada de cerros, ocupados básicamente por los sectores más pobres de la población. La primera imagen que me vino a la cabeza cuando subíamos al cerro Panecillo, (en taxi, por recomendación de la oficina de turismo local) es la de las favelas de Río de Janeiro, aunque en una proporción mucho menor.

El Panecillo aloja en su cima a la Virgen de Quito y ofrece una vista panorámica de la ciudad que estremece, creo que ahí entendí lo que era la “densidad de población”. Vista panorámica de la ciudad desde el Cerro Panecillo


La ciudad alberga un casco colonial pequeño, parecido al que yo imaginaba –declarado patrimonio de la humanidad en 1978- y muy pintoresco, calles muy angostas y una locura de autos, transito y gente.

El agotamiento del viaje, el calor y la falta de aire hizo que después de visitar la tercera iglesia, (lo que implica subir y bajar calles y escalinatas) nos conformáramos solamente con ver la fachada e imaginar que adentro sería igual de bonita.

Cuando llegamos al mercado artesanal, sentí que había encontrado mi lugar en el mundo!. Que variedad y que combinación de colores!

Nunca hago compras durante los viajes porque me aburren y además siento que pierdo el tiempo, pero sencillamente no podía salir de entre las mantas, ponchos, gorros y otros tejidos de alpaca, manteles y collares. Ni yo, ni Olivia que mientras nosotros elegíamos y preguntábamos precios, ella se probaba gorros y pulseras. Si tuviera que volver, solo volvería a Quito para recorrer nuevamente el mercado y llevarme todo lo que dejé presionada por mi propio pensamiento de “ya es suficiente”.

Arte hasta en el banco
Lo que más me llamó la atención de la ciudad fue la movida artística y cultural. Se ven esculturas metálicas en parques, avenidas, plazas y hasta en shoppings, y galerías de arte por doquier. Hasta el Banco Central de Ecuador, que dejó de funcionar como tal en el 2000 cuando el país adoptó el dólar como moneda propia e importa los billetes desde los Estados Unidos, está convertido en un gran museo de arte.

La vida nocturna está concentrada en la zona que llaman Mariscal Sucre, una especie de Palermo Soho para los amigos. Allí estábamos almorzando cuando un aguacero, seguido por una granizada idéntica a la de Buenos Aires en el 2006 paralizó la ciudad. El agua pegaba con tanta fuerza sobre el toldo del café donde estábamos y hacia tanto ruido que yo no lograba escuchar lo que Christian trataba de decirme. El caos duró 15 minutos y luego el domingo siguió su curso.

A Olivia parecía no afectarle la altura, pero si la vida de ciudad: “Playa, mamá”, me reclamaba desde el cochecito. Me costó explicarle que ya no hay mar, que ahora vamos a la selva.

viernes, 11 de julio de 2008

Tortuga Bay, al fin la playa

ISLA SANTA CRUZ, Abril 2008. Ultimo día en las Islas Galápagos. Ya habíamos visto las tortugas, las iguanas, los piqueros, los lobos y hasta los pingüinos (Sí, en las Galápagos, sobre la línea ecuatorial, también hay pingüinos. Es más, a los ecuatorianos les sorprende que nosotros en el sur del mundo tengamos una población gigante de estos ejemplares).

Habíamos hecho también nuestras compras, solo faltaba un poco de playa. Nombre previsible, Tortuga Bay, allá vamos.

Ubicada en la propia Isla Santa Cruz, Tortuga Bay es la única playa de las Isla Galápagos con acceso libre al público. No es obligatorio ir acompañado por un guía naturalista, ni tomar una excursión para acceder al lugar, pese a que muchos paquetes la incluyen como parte del paseo. Solo hay que caminar.

Desde el acceso oficial al lugar en lo alto de isla, son 2.5 kilómetros de caminata o bicicleta por un sendero que va bajando hacia el mar, perfectamente marcado y con varios lugares -tipo glorietas con bancos- preparados para descansar. “Esto se parece a la muralla china pero en el medio de la selva”, me dijo una turista americana, mientras apreciábamos el camino que todavía teníamos que andar para llegar a la playa. La descripción fue exacta. Aún para aquellos no muy amantes del agua y la arena, el paseo vale la pena solo por recorrer ese sendero.

Tortuga Bay es una bahía solitaria, larga, de una arena tan blanca y finita que parece cemento y tiene olas, aptas para el surf. Si uno lo que busca es paz, hacia los extremos la aguas son mas calmas.

Es el lugar ideal para tirarse y cocinarse al sol porque no tiene ningún reparo. Los pelícanos dan un lindo espectáculo como clavadistas en el mar en búsqueda de algún bocado.

Olivia podía correr libremente –por primera vez desde que llegamos a la isla- por el todo el lugar, sin su chaleco salvavidas ni otros impedimentos. Y corrió, todo lo que pudo. Fue una tarde de cuevas, castillos y volcanes de arena. Sin guías, sin horarios, de vacaciones, bah!

lunes, 7 de julio de 2008

Agua, cielo y silencio

PUNTA CARRION, Abril 2008. Dos veces en mi vida, mientras viajaba, tuve la sensación de haber llegado a un lugar mágico. La primera cuando llegue a Playa Sancho, en Fernando de Noronha, Brasil (de la que ya les contaré alguna vez), la segunda cuando de regreso al hotel en la Isla Santa Cruz (Galápagos) nos detuvimos en Punta Carrión.

No fue tanto la geografía como la intensidad y el contraste de los colores lo que me impactó. El agua no es verde, es rabiosamente verde. Las paredes que rodean el acantilado son de un rojo tierra que se ve constantemente interrumpido por la frondosa vegetación que aflora y en muchos casos llega casi hasta el agua. El resto el cielo y silencio.

Punta Carrión, no es más que eso, la punta de un acantilado que desde lejos parece una bonita postal. Pero a medida que uno se va acercando se puede apreciar como el agua contenida en las salientes del propio acantilado forma piletones naturales donde uno puede ver todo tipo de fauna y flora marina con sólo sumergir un poco la cabeza.

Cada pequeño sonido se repite en un enorme eco y después otra vez silencio. Me zambullí sin pensarlo y me dejé flotar. El agua además de verde y calma, es cálida, algo que no siempre se encuentre en las costas de las Islas Galápagos, donde se cruzan tantas corrientes diferentes.

“Quieta que tenés compañía”, me advirtió mi marido desde el barco, que estaba amarrado a pocos metros de donde yo flotaba. Giré la cabeza despacio y vi como dos pelícanos me escoltaban demasiado cerca en mi paseo acuático. De tan cerca y en el agua, no parecen tan simpáticos como los que suelen verse en el resto del archipielago siempre a la espera de algún bocado.

Llevaba cuatro días en Galápagos y recién ahí sentí que había llegado al lugar que buscaba. Sumergida en mi propio silencio me di cuenta además de que en ese lugar tampoco había nadie. Es decir, sacando a las 20 turistas que nos acompañaban en esa excusión, siempre habíamos estado solos en cada uno de los lugares que visitamos.
“Es un merito del Ingala”, me explicó un rato más tarde el guía. El Instituto Galápagos o Ingala tiene por objetivo organizar y controlar la estadía de cada uno de los cerca de 200 mil turistas que llegan cada año a visitar el archipiélago.

Cada vez que uno compra un paquete turístico –única manera de acceder a la isla- el operador o agencia que lo vende informa al Ingala, quién viaja, por cuánto tiempo, dónde se hospeda, qué excursiones hará y cuándo. Un servicio que no es gratis, la visa para ingresar a Galápagos que se abona al llegar al aeropuerto de Baltra es de 100 dólares por persona. Pero el objetivo está cumplido.

Cuando miré de nuevo, los pelícanos se habían ido. Olivia me llamaba desde la popa del barco, con su chaleco salvavidas puesto. La llevé a dar una vuelta por el agua y nos fuimos. Ahora, era el tiempo de otros.

jueves, 26 de junio de 2008

Islas Galápagos, mala época o mala suerte

PUERTO AYORA, Abril 2008. Definitivamente para ver animales en estado natural uno debe tener, mucho tiempo, mucha suerte o el dato preciso de cuando andan por ahí. Es decir o te plantas un mes a la espera del bicho (y alguno siempre aparece), o milagrosamente te cruzas con un grupo de mamíferos desorientados o haces una buena investigación de cual es la época del año en que los animales se aparean y entonces andan de acá para allá mostrándose chochos. El problema, es que eso a veces da julio o septiembre y uno tiene las vacaciones programadas para febrero.

Yo nunca hice esa tarea, porque en realidad lo se ahora que visite varias reservas naturales y almaceno algunas decepciones, y es la primera advertencia de cualquier naturalista al comenzar la primera excursión. “Bueno no estamos en la época del año donde los animales suelen verse con mayor frecuencia, que es el durante el apareamiento, pero igual haremos el intento de ver lo mas posible”, escuche repetidamente en un safari por Sudáfrica, en una reserva marina de Brasil, en varios parques nacionales y por supuesto también en las Islas Galápagos. Otra vez, vinimos en el momento equivocado, pensé y mire a mi marido con cara de desilusión.

Un dato para saber como viene la mano es: si después de un rato de caminata el guía se para ante cada insecto, pájaro o lagartija que pasa y empieza a hacer una larga y detallada exposición sobre el tema es porque mucho mas que eso no vamos a ver o porque para esa altura de la caminata ya debiéramos haber visto mucho y en cambio –al momento- nadie fotografió mas que lindos paisajes.

Algo de esto me pasó en las Galápagos y se ve que no fue solamente a mí. Unos días después de mi regreso a Buenos Aires, el suplemento de Turismo del Diario La Nación publicó una larga nota de tapa sobre las islas que empezaba con una cita de un turista argentino que decía: “Pague tanto para ver tan poco”.

La explicación de semejante confesión, según el autor de la nota, era que el turista argentino residía en Puerto Madryn y entonces estaba mas que acostumbrado a ver lobos marinos, pingüinos y pájaros de todo tipo y al por mayor.

Al finalizar nuestro cuarto y último día de excursión por las Galápagos tuve el mismo pensamiento: tal vez no me pareció gran cosa porque yo, una fanática de los animales, recorrí cuanta reserva natural pude y en algunas vi cosas realmente sorprendentes.

El otro problema fue la expectativa. Un documental de National Geographic que vi dias antes de partir mostraba turistas disfrutando de la playa y el mar mientas esquivaban lobos marinos. Yo no tuve tanta suerte.

Casi cuando regresábamos al Continente para seguir nuestro viaje por Ecuador, nos cruzamos con una pareja de españoles que llevaban 10 días recorriendo Galápagos. Si bien era su primer vieja a una reserva natural, habían estado en las islas mas alejadas del archipiélago (cosa que nosotros no hicimos por falta de tiempo) como Isabela, Fernandina o Española y nos confesaron que allí habían visto mucho mas variedad y cantidad de animales que en Bartolomé, Seymour o Plazas, el destino de nuestras excursiones.

jueves, 19 de junio de 2008

Tábanos, hijos de la sabia naturaleza

PLAYA BACHAS, Abril 2008. La excursión prometía un final dulce y refrescante. Era nuestro tercer día en las Islas Galápagos y habíamos caminado toda la mañana por la rocosa Isla Seymour, donde uno puede ver una colonia de lobos marinos bebes (aunque no nadar con ellos como prometen muchas excursiones), grandes grupos de Piqueros (pájaros con patas de un celeste intenso), y algunas muy cómicas iguanas terrestres.

Era uno de esos días de sol y calor agobiante, en los que uno solo quiere estar en el agua. Y eso prometió el capitán del barco que nos guiaba ese día: una tarde en la Playa Bachas, ubicada al norte de la Isla Santa Cruz. Una extensión de arena rosada (gracias a su composición coralina), solitaria, de agua cálida y con pocas olas, perfecta para el snorkel.

“Solo estaremos allí una hora”, anunció el guía (“que mala onda”, pensé yo) y continuó “porque en esa playa existen unas moscas grandes que cuando uno esta mojado pican muy fuerte porque chupan el agua de nuestra piel”. Sencillamente eran tábanos. Los hay en todas las zonas cercanas a los manglares y para nuestra sorpresa cuando uno esta seco, solo molestan y son fáciles de atrapar, pero cuando uno esta mojado son como una inyección que viene sin aviso.

Playa Bachas es algo angosta y uno debe caminar con mucho cuidado porque es una de las playas que utilizan las tortugas marinas para poner sus huevos. Es fácil identificar por donde pasaron de ida o de regreso al mar porque dejan en la arena una huella similar a la de un tractor.

Sin embargo cuando la arena firme se acaba es muy difícil saber dónde están los nidos y el mayor peligro para ese ecosistema tan frágil es que los turistas circulen libremente bronceador en mano durante toda una tarde.

“Caminen con cuidado, respetando la señalización y lo más cerca del agua posible”, nos pidió el guía al llegar, para evitar pisar nidos y huevos. No fue necesario.
Los tábanos están ahí para marcar el límite porque cuanto mas del agua te alejas más rápido tenés que correr para volver a ella y así evitar sus picaduras. Los tábanos están ahí para decir "ya fue suficiente", porque llega un momento que pedís por favor volver al barco mar adentro.

Los tábanos, hijos de la sabia naturaleza, están ahí para proteger de la imprudencia del hombre, el futuro de una especie milenaria y en franco peligro de extinción.

jueves, 12 de junio de 2008

Islas Galápagos, ¿las tortugas muerden?

ISLA SANTA CRUZ, Abril 2008. Unas vacaciones en las Islas Galápagos no seían completas sin una visita a la Estación Científica Charles Darwin, donde uno puede ver y conocer distintas clases de tortugas terrestres desde que nacen hasta el famoso "Jorge Solitario", última tortuga de su especie, con mas de cien años de edad.

El lugar, inaugurado a mediados de los sesenta y ubicando a pocos minutos de Puerto Ayora en la Isla Santa Cruz, sorprende no solo por la variedad y la cantidad de tortugas en cautiverio sino además por la cercanía con que uno camina entre algunos especimenes.

Galápagos le debe su nombre a un tipo de tortuga gigante, cuyo caparazón se asemeja a una silla de montar, ligera y sin ningún resalto que los antiguos españoles llamaban galápago (palabra que proviene de galope).

En la actualidad se le llaman comúnmente galápagos a todos las tortugas gigantes de la isla, aunque de todos los tipos de caparazón expuestos en la Estación Charles Darwin, uno puede comprobar que la galápagos propiamente dicha es la tortuga más pequeña.

Uno puede encontrar allí “totugas hembas y totugas achos” (hembras y machos) como decía mi hija Olivia que con solo dos años emulaba a la guía naturalista que nos acompaño en el recorrido. Sin embargo es muy difícil distinguir a simple vista cual es cual hasta una avanzada edad del animal, cuando termina de formar su cola y su caparazón convexo en la parte inferior para facilitar la copula, ambas características propias únicamente de los machos.

Para ver tortugas terrestres (porque marinas pueden verse en las playas o mar adentro) en estado natural uno debe llegar hasta la llamada parte alta de la Isla Santa Cruz, donde una reserva privada alberga varios especimenes muchas veces difícil de encontrar. Se trata de calzarse las botas de goma y salir a caminar por los pastizales siempre guiados por un especialista que suele conocer los sitios favoritos de las tortugas según el momento del día que se visite.

Tras casi dos horas de caminata de un día caluroso y pegajoso de Abril logramos ver unas 6 tortugas que con una paz milenaria soportaron largas sesiones de fotos (sin flash) y preguntas del tipo: “¿si me acerco, muerden?”.

La que tanto no aguantó fue Olivia, que luego de un rato de estar a upa pidió bajar y cuando estuvo en el piso intento patear una, acción que con fortuna y disimulo -con mi marido- logramos evitar.

A pesar de su fastidio por la duración y la exigencia del paseo me doy cuenta que su experiencia con las Galápagos será inolvidable. El último fin de semana fuimos al Tigre y me pidió ver a través de los mismos binoculares que llevamos de vacaciones. Apenas se los llevó a los ojos miró y gritó: “Mama, totuga”. Vaya descubrimiento hubiera sido en pleno Delta.

viernes, 6 de junio de 2008

Islas Galápagos, ni tan chicas ni tan cerca

PUERTO AYORA, Abril 2008. Llegar al principal puerto de las Islas Galápagos, Puerto Ayora, no fue fácil. Cuando uno baja del avión, tras casi dos horas de vuelo desde Guayaquil, en Ecuador, una cachetada de aire denso y caliente deja enseguida en evidencia la cercanía con la línea ecuatorial, que divide al mundo en norte y sur.

Cuanto trataba de ambientarme a los 35 grados todavía vestida con los jean y zapatillas que traía desde Buenos Aires, la guía de turismo que nos esperaba soltó un dato de los mas alarmante: tranquilos, ahora toman sus valijas las suben al micro que nos transportará hasta el puerto (10 minutos), allí cruzamos el Canal de Itabaca en un ferry (otros 10 minutos) y luego nos espera un taxi que en 45 MINUTOS nos dejará en el hotel. Parecía broma pero no lo era y confirmé entonces el primer dato erróneo que tenía sobre las Galápagos: son tres o cuatro islas chiquitas perdidas en el océano Pacifico. No, para nada.

El archipiélago tiene en total 157 entre islas e islotes de las cuales 15 pueden ser visitadas, y de esas solo cuatro –las mas grandes- están habitadas por el hombre. La más importante es la isla de Santa Cruz con 986 km cuadrados y unos 18.000 residentes, cuyo puerto, Ayora, alberga la mayoría de los hoteles del archipiélago y desde donde parten casi todas las excursiones incluidas en los paquetes combinados, que ofrecen hospedarse en tierra y navegar durante el día.

Tal vez esta no sea la forma mas recomendable de conocer Galápagos si uno dispone de menos de una semana, ya que se pierde mucho tiempo de viaje porque las islas están separadas a no menos de 2 y 3 horas de navegación desde Puerto Ayora, pero si la mas económica.

Un dato importante es que el aeropuerto de Galápagos, Baltra, opera solo por la mañana es decir que el día de llegada (no olvidar tramites de ingreso, posibles retrasos, traslados nunca menores a una hora y media, check in, descanso mínimo) y el de partida prácticamente se pierden y es por eso que a los paquetes ofrecidos deben descontarse siempre dos días para saber cuanto efectivamente uno podrá permanecer en las islas.

Un consejo, si uno es fanático de la fauna y la flora y elige pernoctar en tierra, debe comprar mínimo un paquete de 8­/10 días para poder usar 6 a 8 completos en excursiones. Sino se quedará con las ganas porque para ver animales en estado natural, uno debe tener mucha suerte o mucho tiempo.

La otra opción son los cruceros (a partir de 12/14 personas), que por las noches hacen los trayectos de isla en isla y a la mañana siguiente los pasajeros desembarcan y están a pocos minutos de su siguiente atracción turística. Estos paquetes pueden resultar entre 20% y 50% más caros que los combinados pero permiten visitar mas lugares en la misma cantidad de tiempo o aun mejor, las islas mas alejadas donde la diversidad y cantidad de animales terrestres y marinos que uno puede ver es infinitamente mayor que los que habitan las islas cercanas a Santa Cruz. Además los cruceros no aceptan niños menores de 8 años.

Se preguntaran, pero a quien se le ocurre ir a Galápagos –donde uno se la pasa de navegando, caminando, trepando o contemplando silenciosamente animales- con un pequeño. Precisamente a mí, pero esta es otra historia.