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viernes, 11 de julio de 2008

Tortuga Bay, al fin la playa

ISLA SANTA CRUZ, Abril 2008. Ultimo día en las Islas Galápagos. Ya habíamos visto las tortugas, las iguanas, los piqueros, los lobos y hasta los pingüinos (Sí, en las Galápagos, sobre la línea ecuatorial, también hay pingüinos. Es más, a los ecuatorianos les sorprende que nosotros en el sur del mundo tengamos una población gigante de estos ejemplares).

Habíamos hecho también nuestras compras, solo faltaba un poco de playa. Nombre previsible, Tortuga Bay, allá vamos.

Ubicada en la propia Isla Santa Cruz, Tortuga Bay es la única playa de las Isla Galápagos con acceso libre al público. No es obligatorio ir acompañado por un guía naturalista, ni tomar una excursión para acceder al lugar, pese a que muchos paquetes la incluyen como parte del paseo. Solo hay que caminar.

Desde el acceso oficial al lugar en lo alto de isla, son 2.5 kilómetros de caminata o bicicleta por un sendero que va bajando hacia el mar, perfectamente marcado y con varios lugares -tipo glorietas con bancos- preparados para descansar. “Esto se parece a la muralla china pero en el medio de la selva”, me dijo una turista americana, mientras apreciábamos el camino que todavía teníamos que andar para llegar a la playa. La descripción fue exacta. Aún para aquellos no muy amantes del agua y la arena, el paseo vale la pena solo por recorrer ese sendero.

Tortuga Bay es una bahía solitaria, larga, de una arena tan blanca y finita que parece cemento y tiene olas, aptas para el surf. Si uno lo que busca es paz, hacia los extremos la aguas son mas calmas.

Es el lugar ideal para tirarse y cocinarse al sol porque no tiene ningún reparo. Los pelícanos dan un lindo espectáculo como clavadistas en el mar en búsqueda de algún bocado.

Olivia podía correr libremente –por primera vez desde que llegamos a la isla- por el todo el lugar, sin su chaleco salvavidas ni otros impedimentos. Y corrió, todo lo que pudo. Fue una tarde de cuevas, castillos y volcanes de arena. Sin guías, sin horarios, de vacaciones, bah!

lunes, 7 de julio de 2008

Agua, cielo y silencio

PUNTA CARRION, Abril 2008. Dos veces en mi vida, mientras viajaba, tuve la sensación de haber llegado a un lugar mágico. La primera cuando llegue a Playa Sancho, en Fernando de Noronha, Brasil (de la que ya les contaré alguna vez), la segunda cuando de regreso al hotel en la Isla Santa Cruz (Galápagos) nos detuvimos en Punta Carrión.

No fue tanto la geografía como la intensidad y el contraste de los colores lo que me impactó. El agua no es verde, es rabiosamente verde. Las paredes que rodean el acantilado son de un rojo tierra que se ve constantemente interrumpido por la frondosa vegetación que aflora y en muchos casos llega casi hasta el agua. El resto el cielo y silencio.

Punta Carrión, no es más que eso, la punta de un acantilado que desde lejos parece una bonita postal. Pero a medida que uno se va acercando se puede apreciar como el agua contenida en las salientes del propio acantilado forma piletones naturales donde uno puede ver todo tipo de fauna y flora marina con sólo sumergir un poco la cabeza.

Cada pequeño sonido se repite en un enorme eco y después otra vez silencio. Me zambullí sin pensarlo y me dejé flotar. El agua además de verde y calma, es cálida, algo que no siempre se encuentre en las costas de las Islas Galápagos, donde se cruzan tantas corrientes diferentes.

“Quieta que tenés compañía”, me advirtió mi marido desde el barco, que estaba amarrado a pocos metros de donde yo flotaba. Giré la cabeza despacio y vi como dos pelícanos me escoltaban demasiado cerca en mi paseo acuático. De tan cerca y en el agua, no parecen tan simpáticos como los que suelen verse en el resto del archipielago siempre a la espera de algún bocado.

Llevaba cuatro días en Galápagos y recién ahí sentí que había llegado al lugar que buscaba. Sumergida en mi propio silencio me di cuenta además de que en ese lugar tampoco había nadie. Es decir, sacando a las 20 turistas que nos acompañaban en esa excusión, siempre habíamos estado solos en cada uno de los lugares que visitamos.
“Es un merito del Ingala”, me explicó un rato más tarde el guía. El Instituto Galápagos o Ingala tiene por objetivo organizar y controlar la estadía de cada uno de los cerca de 200 mil turistas que llegan cada año a visitar el archipiélago.

Cada vez que uno compra un paquete turístico –única manera de acceder a la isla- el operador o agencia que lo vende informa al Ingala, quién viaja, por cuánto tiempo, dónde se hospeda, qué excursiones hará y cuándo. Un servicio que no es gratis, la visa para ingresar a Galápagos que se abona al llegar al aeropuerto de Baltra es de 100 dólares por persona. Pero el objetivo está cumplido.

Cuando miré de nuevo, los pelícanos se habían ido. Olivia me llamaba desde la popa del barco, con su chaleco salvavidas puesto. La llevé a dar una vuelta por el agua y nos fuimos. Ahora, era el tiempo de otros.

jueves, 26 de junio de 2008

Islas Galápagos, mala época o mala suerte

PUERTO AYORA, Abril 2008. Definitivamente para ver animales en estado natural uno debe tener, mucho tiempo, mucha suerte o el dato preciso de cuando andan por ahí. Es decir o te plantas un mes a la espera del bicho (y alguno siempre aparece), o milagrosamente te cruzas con un grupo de mamíferos desorientados o haces una buena investigación de cual es la época del año en que los animales se aparean y entonces andan de acá para allá mostrándose chochos. El problema, es que eso a veces da julio o septiembre y uno tiene las vacaciones programadas para febrero.

Yo nunca hice esa tarea, porque en realidad lo se ahora que visite varias reservas naturales y almaceno algunas decepciones, y es la primera advertencia de cualquier naturalista al comenzar la primera excursión. “Bueno no estamos en la época del año donde los animales suelen verse con mayor frecuencia, que es el durante el apareamiento, pero igual haremos el intento de ver lo mas posible”, escuche repetidamente en un safari por Sudáfrica, en una reserva marina de Brasil, en varios parques nacionales y por supuesto también en las Islas Galápagos. Otra vez, vinimos en el momento equivocado, pensé y mire a mi marido con cara de desilusión.

Un dato para saber como viene la mano es: si después de un rato de caminata el guía se para ante cada insecto, pájaro o lagartija que pasa y empieza a hacer una larga y detallada exposición sobre el tema es porque mucho mas que eso no vamos a ver o porque para esa altura de la caminata ya debiéramos haber visto mucho y en cambio –al momento- nadie fotografió mas que lindos paisajes.

Algo de esto me pasó en las Galápagos y se ve que no fue solamente a mí. Unos días después de mi regreso a Buenos Aires, el suplemento de Turismo del Diario La Nación publicó una larga nota de tapa sobre las islas que empezaba con una cita de un turista argentino que decía: “Pague tanto para ver tan poco”.

La explicación de semejante confesión, según el autor de la nota, era que el turista argentino residía en Puerto Madryn y entonces estaba mas que acostumbrado a ver lobos marinos, pingüinos y pájaros de todo tipo y al por mayor.

Al finalizar nuestro cuarto y último día de excursión por las Galápagos tuve el mismo pensamiento: tal vez no me pareció gran cosa porque yo, una fanática de los animales, recorrí cuanta reserva natural pude y en algunas vi cosas realmente sorprendentes.

El otro problema fue la expectativa. Un documental de National Geographic que vi dias antes de partir mostraba turistas disfrutando de la playa y el mar mientas esquivaban lobos marinos. Yo no tuve tanta suerte.

Casi cuando regresábamos al Continente para seguir nuestro viaje por Ecuador, nos cruzamos con una pareja de españoles que llevaban 10 días recorriendo Galápagos. Si bien era su primer vieja a una reserva natural, habían estado en las islas mas alejadas del archipiélago (cosa que nosotros no hicimos por falta de tiempo) como Isabela, Fernandina o Española y nos confesaron que allí habían visto mucho mas variedad y cantidad de animales que en Bartolomé, Seymour o Plazas, el destino de nuestras excursiones.

jueves, 19 de junio de 2008

Tábanos, hijos de la sabia naturaleza

PLAYA BACHAS, Abril 2008. La excursión prometía un final dulce y refrescante. Era nuestro tercer día en las Islas Galápagos y habíamos caminado toda la mañana por la rocosa Isla Seymour, donde uno puede ver una colonia de lobos marinos bebes (aunque no nadar con ellos como prometen muchas excursiones), grandes grupos de Piqueros (pájaros con patas de un celeste intenso), y algunas muy cómicas iguanas terrestres.

Era uno de esos días de sol y calor agobiante, en los que uno solo quiere estar en el agua. Y eso prometió el capitán del barco que nos guiaba ese día: una tarde en la Playa Bachas, ubicada al norte de la Isla Santa Cruz. Una extensión de arena rosada (gracias a su composición coralina), solitaria, de agua cálida y con pocas olas, perfecta para el snorkel.

“Solo estaremos allí una hora”, anunció el guía (“que mala onda”, pensé yo) y continuó “porque en esa playa existen unas moscas grandes que cuando uno esta mojado pican muy fuerte porque chupan el agua de nuestra piel”. Sencillamente eran tábanos. Los hay en todas las zonas cercanas a los manglares y para nuestra sorpresa cuando uno esta seco, solo molestan y son fáciles de atrapar, pero cuando uno esta mojado son como una inyección que viene sin aviso.

Playa Bachas es algo angosta y uno debe caminar con mucho cuidado porque es una de las playas que utilizan las tortugas marinas para poner sus huevos. Es fácil identificar por donde pasaron de ida o de regreso al mar porque dejan en la arena una huella similar a la de un tractor.

Sin embargo cuando la arena firme se acaba es muy difícil saber dónde están los nidos y el mayor peligro para ese ecosistema tan frágil es que los turistas circulen libremente bronceador en mano durante toda una tarde.

“Caminen con cuidado, respetando la señalización y lo más cerca del agua posible”, nos pidió el guía al llegar, para evitar pisar nidos y huevos. No fue necesario.
Los tábanos están ahí para marcar el límite porque cuanto mas del agua te alejas más rápido tenés que correr para volver a ella y así evitar sus picaduras. Los tábanos están ahí para decir "ya fue suficiente", porque llega un momento que pedís por favor volver al barco mar adentro.

Los tábanos, hijos de la sabia naturaleza, están ahí para proteger de la imprudencia del hombre, el futuro de una especie milenaria y en franco peligro de extinción.

jueves, 12 de junio de 2008

Islas Galápagos, ¿las tortugas muerden?

ISLA SANTA CRUZ, Abril 2008. Unas vacaciones en las Islas Galápagos no seían completas sin una visita a la Estación Científica Charles Darwin, donde uno puede ver y conocer distintas clases de tortugas terrestres desde que nacen hasta el famoso "Jorge Solitario", última tortuga de su especie, con mas de cien años de edad.

El lugar, inaugurado a mediados de los sesenta y ubicando a pocos minutos de Puerto Ayora en la Isla Santa Cruz, sorprende no solo por la variedad y la cantidad de tortugas en cautiverio sino además por la cercanía con que uno camina entre algunos especimenes.

Galápagos le debe su nombre a un tipo de tortuga gigante, cuyo caparazón se asemeja a una silla de montar, ligera y sin ningún resalto que los antiguos españoles llamaban galápago (palabra que proviene de galope).

En la actualidad se le llaman comúnmente galápagos a todos las tortugas gigantes de la isla, aunque de todos los tipos de caparazón expuestos en la Estación Charles Darwin, uno puede comprobar que la galápagos propiamente dicha es la tortuga más pequeña.

Uno puede encontrar allí “totugas hembas y totugas achos” (hembras y machos) como decía mi hija Olivia que con solo dos años emulaba a la guía naturalista que nos acompaño en el recorrido. Sin embargo es muy difícil distinguir a simple vista cual es cual hasta una avanzada edad del animal, cuando termina de formar su cola y su caparazón convexo en la parte inferior para facilitar la copula, ambas características propias únicamente de los machos.

Para ver tortugas terrestres (porque marinas pueden verse en las playas o mar adentro) en estado natural uno debe llegar hasta la llamada parte alta de la Isla Santa Cruz, donde una reserva privada alberga varios especimenes muchas veces difícil de encontrar. Se trata de calzarse las botas de goma y salir a caminar por los pastizales siempre guiados por un especialista que suele conocer los sitios favoritos de las tortugas según el momento del día que se visite.

Tras casi dos horas de caminata de un día caluroso y pegajoso de Abril logramos ver unas 6 tortugas que con una paz milenaria soportaron largas sesiones de fotos (sin flash) y preguntas del tipo: “¿si me acerco, muerden?”.

La que tanto no aguantó fue Olivia, que luego de un rato de estar a upa pidió bajar y cuando estuvo en el piso intento patear una, acción que con fortuna y disimulo -con mi marido- logramos evitar.

A pesar de su fastidio por la duración y la exigencia del paseo me doy cuenta que su experiencia con las Galápagos será inolvidable. El último fin de semana fuimos al Tigre y me pidió ver a través de los mismos binoculares que llevamos de vacaciones. Apenas se los llevó a los ojos miró y gritó: “Mama, totuga”. Vaya descubrimiento hubiera sido en pleno Delta.

viernes, 6 de junio de 2008

Islas Galápagos, ni tan chicas ni tan cerca

PUERTO AYORA, Abril 2008. Llegar al principal puerto de las Islas Galápagos, Puerto Ayora, no fue fácil. Cuando uno baja del avión, tras casi dos horas de vuelo desde Guayaquil, en Ecuador, una cachetada de aire denso y caliente deja enseguida en evidencia la cercanía con la línea ecuatorial, que divide al mundo en norte y sur.

Cuanto trataba de ambientarme a los 35 grados todavía vestida con los jean y zapatillas que traía desde Buenos Aires, la guía de turismo que nos esperaba soltó un dato de los mas alarmante: tranquilos, ahora toman sus valijas las suben al micro que nos transportará hasta el puerto (10 minutos), allí cruzamos el Canal de Itabaca en un ferry (otros 10 minutos) y luego nos espera un taxi que en 45 MINUTOS nos dejará en el hotel. Parecía broma pero no lo era y confirmé entonces el primer dato erróneo que tenía sobre las Galápagos: son tres o cuatro islas chiquitas perdidas en el océano Pacifico. No, para nada.

El archipiélago tiene en total 157 entre islas e islotes de las cuales 15 pueden ser visitadas, y de esas solo cuatro –las mas grandes- están habitadas por el hombre. La más importante es la isla de Santa Cruz con 986 km cuadrados y unos 18.000 residentes, cuyo puerto, Ayora, alberga la mayoría de los hoteles del archipiélago y desde donde parten casi todas las excursiones incluidas en los paquetes combinados, que ofrecen hospedarse en tierra y navegar durante el día.

Tal vez esta no sea la forma mas recomendable de conocer Galápagos si uno dispone de menos de una semana, ya que se pierde mucho tiempo de viaje porque las islas están separadas a no menos de 2 y 3 horas de navegación desde Puerto Ayora, pero si la mas económica.

Un dato importante es que el aeropuerto de Galápagos, Baltra, opera solo por la mañana es decir que el día de llegada (no olvidar tramites de ingreso, posibles retrasos, traslados nunca menores a una hora y media, check in, descanso mínimo) y el de partida prácticamente se pierden y es por eso que a los paquetes ofrecidos deben descontarse siempre dos días para saber cuanto efectivamente uno podrá permanecer en las islas.

Un consejo, si uno es fanático de la fauna y la flora y elige pernoctar en tierra, debe comprar mínimo un paquete de 8­/10 días para poder usar 6 a 8 completos en excursiones. Sino se quedará con las ganas porque para ver animales en estado natural, uno debe tener mucha suerte o mucho tiempo.

La otra opción son los cruceros (a partir de 12/14 personas), que por las noches hacen los trayectos de isla en isla y a la mañana siguiente los pasajeros desembarcan y están a pocos minutos de su siguiente atracción turística. Estos paquetes pueden resultar entre 20% y 50% más caros que los combinados pero permiten visitar mas lugares en la misma cantidad de tiempo o aun mejor, las islas mas alejadas donde la diversidad y cantidad de animales terrestres y marinos que uno puede ver es infinitamente mayor que los que habitan las islas cercanas a Santa Cruz. Además los cruceros no aceptan niños menores de 8 años.

Se preguntaran, pero a quien se le ocurre ir a Galápagos –donde uno se la pasa de navegando, caminando, trepando o contemplando silenciosamente animales- con un pequeño. Precisamente a mí, pero esta es otra historia.